LA CUBA POST-FIDEL
(II)

Dr. Ernesto F. Betancourt
Desde Washington, D.C.



i columna de la semana pasada produjo reacciones interesantes.
Hubo amigos que, dándose cuenta de que alentar la tolerancia es la posición realista que hay que tomar, generosamente, me expresaron su apoyo. Otros, me apuntaron sus dudas en cuanto a que la gente de Raúl, como oligarcas ensoberbecidos que son, estén dispuestos a ceder una pizca de su poder. Eso podría poner en peligro su status y privilegios actuales. Ambos tienen razón. Veamos.

    Basaba mi análisis en algo que hace rato reconozco, y que la mayoría de nuestros compatriotas de línea dura no toman en consideración. Cuando se formula una estrategia, hay que hacer primero un análisis de la correlación de fuerzas que se encara. Entonces, en base a las que cuenta el enemigo y las que cuenta uno, se pueden definir objetivos factibles de poder ser alcanzados. A veces, oigo compatriotas cuyo objetivo es castigar a todo el que haya estado asociado con el régimen y hasta citan los juicios de Nuremberg. Pero, no toman en cuenta que Nuremberg fue posible después de movilizar una fuerza militar muy superior a la del enemigo y a un alto costo en bajas aliadas. Al analizar la estrategia posible para la Cuba post Fidel, parto de la premisa de que la oposición cubana no cuenta con una sola división y que, siguiendo la preferencia expresada por una salida pacífica, se desea evitar el derramamiento de sangre.

    Personalmente, tengo serias dudas de que Raúl, y los que le rodean, tengan la sensatez de ceder el poder que poseen, basado en la fuerza, y acepten someterse a la soberanía del pueblo cubano en unas elecciones multipartidistas bajo supervisión internacional. Esa es la única forma que tienen de legitimar el poder. Pero decidí no dejar que ese pesimismo personal prevaleciera. La alternativa es la explosión social.

    Ese tránsito pacífico fue el que facilitó el general Augusto Pinochet en Chile, respetando la voluntad expresada en un referendo por el pueblo chileno. Y a eso se refería el presidente Lula, de Brasil, cuando se lamentó de que Fidel no hubiera hecho una apertura antes de morir. No se me escapa que Raúl ha recrudecido la represión, ni que el MININT continúa los actos de repudio contra los disidentes. Y, ahora, el régimen pretende poner coto a la corrupción y a la indisciplina laboral, sólo con medidas represivas, sin eliminar sus causas. Si como parece, Raúl y los que le rodean no están dispuestos a ceder a la soberanía del pueblo, puede que haya oficiales jóvenes o secretarios provinciales del partido que sí lo estén.

    Hay una realidad: el régimen ha fracasado rotundamente en satisfacer las necesidades del pueblo cubano. Sencillamente, el sistema comunista no funciona. Insistir en la continuidad es provocar al pueblo. Con todas sus deficiencias, una sociedad libre en que se libera la capacidad creadora de todos sus ciudadanos es la única salida que enseña la historia. Ausentes el carisma y la proyección internacional de Fidel, Raúl y sus oligarcas podrán retener el poder por un tiempo, pero, si no hay cambios, a la larga habrá una explosión social.

    Ahora, resulta que Raúl rehusó hablar con los congresistas americanos que llevó Phillip Peters del Lexington Institute a La Habana. ¡Tremendo papelazo! ¿Será que el moribundo Fidel vetó el diálogo?

    Creo que el mensaje de Huber Matos no está falto de base, ni la propuesta de Oswaldo Payá con su Proyecto Varela y su Diálogo Nacional. Me limito a apoyar lo que me parece pueda resultar beneficioso para el pueblo cubano. Ese siempre ha sido mi criterio y seguirá siéndolo en la época post Fidel.